Drive to survive es un caso extraño. En apariencia es el enésimo clon de la fórmula de Micromachines (1993), ya perfectamente explotada en los excelentes Ignition (1997) y Revolt (1999), pero son los pequeños detalles lo que hacen de Drive to survive un juego especialmente memorable. Está claro que el aprobado no se le puede dar por sus muy limitados gráficos, tan feos como poco inventivos; recae el mérito, en realidad, en un manejo cómodo, un suave uso de la amplitud de cámara en las partidas multijugador, algunos niveles realmente inspirados en cuanto a variedad de situaciones, pero, sobre todo, en su tiempo de carga.
Es algo que parece absurdo a primera vista, pero la importancia de la duración del tiempo de carga es una parte fundamental de la experiencia de juego. Cada vez que sometemos al jugador a un tiempo de espera estamos marcando un ritmo. Drive to survive brilla con luz propia en las partidas multijugador, donde cuatro coches compiten entre sí, se sabotean mutuamente y está listo para la revancha en pocos segundos. Lo que lo hace tan adictivo es su capacidad para hacerte más competitivo y ser un juego de consumo y estilo rápido, un disfrute que suple perfectamente las obvias carencias.

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