lunes, 4 de marzo de 2013

BALDUR'S GATE (1998)



Recientemente, la aparición de una nueva edición de Baldur's Gate se ha recibido con mucho interés, sobre todo por la sobrada fama del juego original, que la ha catapultado a ser una de las leyendas del mundo del videojuego, recordada con especial anhelo. Era algo que no resultaba de extrañar, pues todo lo que mostraba el juego cuando salió era inmensamente interesante: una historia rica en detalles, una amplitud y libertad realmente cómoda y un sistema de combate que, equilibrando entre la acción en tiempo real y la planificación en pausa - sistema al que tanto le debe Fallout 3 (2008) - se agradeció bastante en una época en la que los juegos de rol parecían bastante perdidos.

Me hice en su día con Baldur's Gate motivado por las excelentes referencias y entonces llevé a cabo una campaña tremendamente extensa en espacio y tiempo, que no solo no concluyó al terminar el juego, sino que me sirvió para continuar con mis personajes desde Baldur's Gate II: Shadows of Amn (2000) pero esa es otra historia. Si ahora he vuelto a esta edición, aún conservando la original, era por el magnífico recuerdo que poseía y por mi interés en ver hasta donde podían actualizar el juego sin que perdiese su carácter y funcionabilidad, que parecía tan intocable.

No he de culpar a esta edición, porque los cambios son mínimos y meramente un pulido superficial que hace que la plata que ya contenía desprenda su lustre. Pero lo cierto es que mi primera toma de contacto con Baldur's Gate en muchos años ha sido muy decepcionante. Gran parte de la culpa la tiene la absoluta desprotección con la que uno comienza en Faerun, la ciudad inicial, donde explorar sus murallas es una sucesión de tutoriales mientras mendigamos los pocos puntos de experiencia, objetos y monedas con las que salir algo preparado a la aventura. Ese comienzo es matador: no parecemos preparados para la hostilidad que nos espera fuera, y tardaremos mucho en el juego en dejar de caminar con miedo a cada paso.

Otro aspecto que he encontrado negativo jugando otra vez son los extensos y rocambolescos diálogos, a veces con un verbo tan florido o tan lleno de matices para el jugador que realmente quiere inmiscuirse que abruman, forzándote a huir de hablar con cualquier campesino, capaz de regarte el oído con prolijo diálogo. Está claro que pretende ser una virtud, pero he descubierto que tengo menos paciencia para esa forzosa inmersión de lo que recordaba.

Por lo demás, es casi imposible no rendirse ante los muchos méritos del juego: personajes de todo tipo, una historia principal que se sigue con sumo interés, sorpresas constantes, secretos de toda clase y un cuidado aspecto gráfico que, quizás, sea quedado demasiado ortopédico para hoy en día, en ese punto intermedio en el que no es lo suficientemente poco definido para conservar un encanto retro ni lo especialmente logrado como para poder medirse en la actualidad. Con todo ello, el jugador que nunca se haya acercado a Baldur's Gate debe hacerlo de inmediato, y el veterano quizás le convendría mejor mantener el recuerdo porque, tampoco nos engañemos, los juegos de rol le deben mucho a Baldur's Gate, pero también han crecido hasta matar al padre, y nosotros ya no somos las mismas personas que cuando lo jugamos entonces.

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