Tengo que decir que The Elder Scrolls IV: Oblivion fue mi primer encuentro con la saga. Conocía de sobra la existencia de The Elder Scrolls III: Morrowind pero nunca lo ví entre mis prioridades de juego, dios sabe porqué. Pero en cuanto tuve la oportunidad de estrenar mi flamante nueva PS3 con él, me lancé a por ello, al que quizás fuese uno de los juegos que más tiempo dediqué a explorar y explotar. Ya me consideraba con la suficiente experiencia en juegos de rol, pero tengo que decir que The Elder Scrolls IV: Oblivion me enganchó de manera bastante especial.
Había en él una sensación de inmersión y libertad muy interesante. No era la mismo que sentía con un juego mayúsculo, como Baldur's Gate (1998) que, sin embargo, cada paso en otra dirección que no fuese la trama principal me hacía sentir culpable. Las misiones secundarias son uno de sus principales alicientes, por su enorme variedad, por lo retorcido de algunos planteamientos realmente ingeniosos y poco habituales - algo que, en mi opinión es el plato fuerte de Bethesda -, por la cantidad de gremios en los que especializarse. Las misiones secundarias en The Elder Scrolls IV: Oblivion no parecían un extra o un añadido, parecían una meta en sí mismas.
Admitamos que el argumento principal tampoco era muy alentador: salir de la cárcel, ver como asesinan al emperador, buscar al hijo bastardo del emperador para restaurar el reino y pararle los pies a los Daedras. De acuerdo. Incluso, sobre el papel, el tener que ir visitando ciudades en busca de ejércitos que se unan a nuestra causa o cerrar portales parecen actividades monótonas. Pero lo cierto es que cada vez que entrabas en un portal de Oblivion acudías con angustia y tensión, como debe ser.
Hay un momento en que la extensión de un juego lleva a un nuevo método para jugar, esa inmediata curiosidad por encontrar los límites de ese mundo, por saber que afecta y que no al desarrollo de nuestra aventura. En ese sentido, The Elder Scrolls IV: Oblivion cumple con creces, cargado como está de sorpresas e historias interesantes, algunas de las cuales se alimentan entre sí.
Cierto es que tiene no pocos defectos: los paseos ecuestres resultaban increíblemente absurdos - aspecto que no ha mejorado en The Elder Scrolls V: Skyrim (2011) -, algunas actividades llegan a ser tediosas ante la amplitud de las misiones y la continua subida de dificultad puede convertir el juego en un infierno para el más dado a explorar. Sin embargo, estamos ante un juego que cumple todo lo que promete, en especial con el añadido de dos magníficos DLCs, el un principio más serio "Caballero de los Nueve" y el apabullante relato carroliano "Shivering Isles". Jugar a The Elder Scrolls IV: Oblivion es una apuesta segura, y eso es mucho que decir.

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