Postergado durante más de una década, la aparición de Duke Nukem Forever se convirtió en un chiste antes incluso de darle una oportunidad. Cierto que hubo reacciones positivas a medida que se veía el progreso del mismo, pero todo estaba encaminado en convertir en maldito a un producto que llevaba demasiado tiempo en el horno como para resultar fresco.
Lo cierto es que, hype aparte, una vez que te colocas a los mandos del juego no te encuentras ni remotamente incómodo: una primera fase - que más tarde descubriremos como ¡un juego dentro del juego! - te coloca en perfecta situación y dispuesto a entregarle todo el amor que Duke merece tras el buen sabor de boca de sus tres entregas anteriores. Es entonces cuando empieza lo malo.
Porque una parte del problema, en el fondo, no lo es tanto: los chistes están tan anticuados o son tan previsibles que ninguna excusa irónica permite que esboces media sonrisa, nos hemos visto saturados de tantas otras provocaciones que, en comparación, la muy elevada misoginia de Duke Nukem Forever es más triste que ofensiva. Uno espera que este reencuentro tenga el sabor del bacon y las cervezas, que huela a aceite de motor y a sudor, a roble y trucha, y en realidad acabas descubriendo que solo huele a cerrado. Esta barrera nace de algo muy delicado: Duke no ha cambiado en absoluto, somos nosotros los que nos hemos hecho mayores.
Ya no son los 90 y Duke es el tipo de héroe que descartamos como génerico. Incluso como parodia es genérica. Y ese el otro gran problema: el juego está a la altura de su héroe. Todo está anticuado, e incluso los guiños y pequeños minijuegos resultan poco o nada interesantes. Y aquí está esta diyuntiva, donde Duke Nukem Forever se sitúa en un sitio aún peor que ser un mal juego, y es ser un juego mediocre y olvidable.
Hay cosas buenas, como un paseo entre mujeres brutalmente violadas por alienígenas que resulta ciertamente perturbador, o la relativa simpatía que provoca ver los intentos de hacer el juego lo más variado posible. Pero lo conclusión final es que era un juego que apuntaba demasiado alto en 1997 y que puntúa muy bajo quince años más tarde. Me resisto a verlo como un gran fracaso y lo tomo como un punto de referencia en como este medio ha evolucionado sin remisión, como nuestra cultura percibe ahora al héroe como alguien mucho más cercano y humilde, como necesitamos proyectarnos de otra forma en nuestro avatar virtual, y, sobre todo, como dependemos de la narrativa. Porque uno puede perdonarle cualquier defecto a Duke si, entre chistes contra Halo (2002), Gears of war (2006) y Dead Space (2008), nos hubiese ofrecido alguna sorpresa o, como mínimo, un buen final. No tenemos ni eso, y al completar el juego, nos quedamos solos, con nuestros recuerdos.
Hay cosas buenas, como un paseo entre mujeres brutalmente violadas por alienígenas que resulta ciertamente perturbador, o la relativa simpatía que provoca ver los intentos de hacer el juego lo más variado posible. Pero lo conclusión final es que era un juego que apuntaba demasiado alto en 1997 y que puntúa muy bajo quince años más tarde. Me resisto a verlo como un gran fracaso y lo tomo como un punto de referencia en como este medio ha evolucionado sin remisión, como nuestra cultura percibe ahora al héroe como alguien mucho más cercano y humilde, como necesitamos proyectarnos de otra forma en nuestro avatar virtual, y, sobre todo, como dependemos de la narrativa. Porque uno puede perdonarle cualquier defecto a Duke si, entre chistes contra Halo (2002), Gears of war (2006) y Dead Space (2008), nos hubiese ofrecido alguna sorpresa o, como mínimo, un buen final. No tenemos ni eso, y al completar el juego, nos quedamos solos, con nuestros recuerdos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario