Cuando hablamos de un proceso de evolución, tendemos a pensar en una criatura pequeña y débil que cada vez se adapta más hasta acabar siendo un gran depredador o, al menos, la clase de criatura a la que no le quieres tocar los cojones. Pero lo cierto es que las distintas mutaciones de las especies no transcurren en una única dirección, sino que se ramifican extensamente, a veces incluso llegando a callejones sin salida, a criaturas de órganos inútiles y miembros atrofiados.
Fuera de la biología, la evolución de un medio tiende a algo similar. En algunos momentos, las obras han dado un paso adelante, en la oscuridad, solo para despeñarse por un acantilado. Pero no es tan malo como parece, ya que el grito que lanzan mientras tardan en caer indica a los que van detrás que ese no es el camino idóneo.
Hablando de evolución, Lost Eden es una aventura gráfica que nos presenta un mundo donde humanos, o al menos criaturas antropomórficas, conviven con dinosaurios parlanchines. Compartir premisa con "Los Picapiedra" debería resultar tan ridículo como suena, pero lo cierto es que Lost Eden es un juego especialmente serio, con esa seriedad que solo se obtiene de hablar con tono afectado a una sala vacía. Permítanme la gracia de decir que es un videojuego francés, un juego hecho desde esa inocencia aburguesada y superficial que tan encantadora resulta en la fantasía francófona, en esos mundos originarios del cómic donde la estética y cierto tono new age europeo se mezclaba con la explotación más apática. Pero tampoco sería justo culpar de todo a nuestros vecinos galos, ya que entre los guionistas encontramos a Steve Jackson, el británico, autor de librojuegos en su primer trabajo en la industria.
Nos ponemos en la piel del príncipe Adam (sic), dispuesto a encontrar el secreto de su antepasado, El Arquitecto, que construyó las fortalezas con la que los humanos se protegen del terrible tiranosaurio Moorkus Rex (doble sic). En nuestras aventuras por el mundo, acabamos trazando una alianza entre humanos y dinosaurios, reconstruyendo las grandes fortalezas del pasado, conociendo a muchos aliados, entre ellos una chica llamada Eva (¡nadie se lo esperaba, eh!) y, por supuesto, venciendo a Moorkus Rex, aunque siempre he encontrado más divertido llegar a ese punto del juego y dejarme matar porque, bueno, si llegáis a jugar y ver el final original, estaréis conmigo que es mucho más divertido que Moorkus nos reviente la cabeza de un mordisco.
Aunque los parajes, culturas y personajes que vamos conociendo son un factor a favor del juego por su extensa variedad, no así sus mecánicas, que una vez descifradas se convierten en una repetición tediosa de actos como pactar una alianza con brontosaurios usando una manzana y una flauta. Sí, una flauta. Me anticipo al chiste diciendo que es un juego especialmente perroflauta, en todos sus aspectos, música de Stéphane Picq incluída.
Usando unos escenarios 3D, combinados con pobres ilustraciones de los personajes con algunos de los diseños más feos que podáis imaginar, Lost Eden no es exactamente una experiencia grata de juego, y menos hoy en día. Pero sí es una experiencia interesante. Como esas criaturas fallidas de la madre naturaleza, Lost Eden es un eslabón para entender de donde vinimos y hasta donde hemos llegado. Con el tiempo ha ganado un cierto valor camp, con su estética desfasada y su mensaje de pseudoecologismo de parvulario. Ey, eran los 90, ¡tendríais que haberlos vivido!

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