miércoles, 9 de enero de 2013

DRAGON AGE: ORIGINS (2011)



Tras el buen funcionamiento de Star Wars: Caballeros de la Antigua República (2003) y Mass Effect (2007), que equilibraban los componentes roleros con una dirección aparentemente más orientada a la acción, Bioware daba el paso lógico y se lanzaba con una saga que recogía ese testigo para llevarlo al terreno que siempre se le ha considerado más natural, el de la espada y brujería.

Así nace Dragon Age: Origins, que continúa en el mismo camino, el que potencia elementos como la interacción entre compañeros de equipo para extraer información o favores, incluso agasajarlos. Con ello, se nos otorga algo más de elección a la hora de trazar nuestro personaje, en un modo que recuerda a Blade: The edge of darkness (2001), pero aunque el mundo desarrollado es mucho menos restrictivo que en Star Wars: Caballeros de la Antigua República, pronto los caminos confluyen y nos vemos, invariablemente, enfrentados a los mismos entramados, con variaciones leves como que alianzas contaremos al final.

Es cierto que consigue la sensación de que uno construye su propia historia. La sensación de linealidad, al poder navegar con no demasiados problemas por el mapa, es menor. Pero también se ve interrumpido por eventos en el camino que resultan un tanto difíciles de superar si no se ha tomado el debido entrenamiento o equipo para afrontar las próximas batallas con algo más de margen. Y es que, por otro lado, el sistema de combate es bastante ineficiente, que hasta cierto punto acaba convirtiéndose en un Quick Time Event, creando esa falta de interacción del jugador y dejando nuestra victoria un tanto al azar.

En cambio, su gran acierto está en lo muy ingenioso y variado de las situaciones a las que nos enfrentamos. No solo navegamos por mundos o sucesos de lo más variopinto, sino que los conflictos a los que debemos enfrentarnos tienen un delicado interés en colocarnos en posiciones morales nada fáciles, muchas de ellas sin una salida elegante, forzándonos a elegir entre dos situaciones nada halagüeñas. Esa capacidad para tomarse en serio al jugador es una de las grandes virtudes de Bioware, y se puede decir que Dragon Age: Origins marcó el punto donde se lo tomaron como el mejor camino a seguir.

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