Si entendemos Lone Survivor como una extensión natural de Soundless Mountain II (2008) - demake de Silent Hill 2 (2001) - tenemos poco que comentar: la idea de un survival horror puro, con su escasez de balas, enfrentamientos que son mejor evitar y la atmósfera cargada y hostil no es algo que sea destacable hoy en día por méritos propios, pero sí que destaca por lo ausente que ha estado esa pureza de género en las plataformas actuales, lo que ha llevado a que la confianza en el mercado indie sea muy importante.
Esa reducción a las esencias es su principal valor, pues convierte el juego en casi una mascota virtual, donde dormir, comer, conseguir herramientas, balas o guardar la partida son nuestros objetivos más básicos, y el resto un deambular por tierra quemada. La frustración que genera es genuina: encontrarse en un lejano pasillo, sin baterías ni balas, y con el personaje a punto de desmayarse de hambre o sueño, mientras eludimos las criaturas que nos acechan, hacen del juego una experiencia dolorosa y llena de rabia, algo que se echaba de menos entre tantas dificultades inferiores.
Como juego indie con algo de pretensión, no puede evitar ser críptico en sus planteamientos, tomando como referencia ese tono a lo David Lynch tan provechoso en Deadly Premonition (2010) pero también un componente de vaciado casi dadá, donde explorar los diversos pasillos o los sueños que aparecen cuando tomamos pastillas antes de dormir, tiene mucho que ver con Yume Nikki (2005). El efecto no es el deseado, y las múltiples interpretaciones o los distintos finales no resultan tan estimulantes como aparentan.
En lo más importante, Lone Survivor es un juego sumamente interesante y hecho con mucho cuidado. Su mecánica simple pero de complejo equilibrio es un punto muy destacable, así como el diseño de niveles que encuentra el punto justo entre lo complicado y lo divertido. Que todo en el juego pueda tener una salida pacífica es un gran acierto. Y, desde luego, es uno de los juegos indie más estimulantes de los últimos años.

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