Es bien sabido que Sonic the hedgehog nace como una respuesta directa a Super Mario Bros (1985). Pero este no pretende ser una copia de aquel, un simple reflejo, sino que su interés radica en potenciar un elemento específico y hacer de ello su seña de identidad... cuando la saga o el personaje no acaba en posteriores secuelas que no han entendido nada, claro. Sonic the hedgehog planta sus raíces no solo en la idea de pasar niveles, sino de pasarlos en el menor tiempo posible, con la mayor rapidez y acumulando el mayor número de ítems.
El jugador que más se para puede acabar algo más recompensado, pero solo a costa de perder contra el reloj. Potenciando la velocidad, Sonic the hedgehog está siendo el antecedente de los speedruns o de los endless runners actuales, lo que lo convierte en un juego esencialmente moderno, una bisagra hacia un nuevo modelo que acabaría creando su propia categoría.
Se sitúa entonces como precedente, pero también como un logro por encima de aquellos herederos que buscaron su fama sin conseguirla. En general, muchos plataformas posteriores, sobre todo en Mega Drive, tienen los ojos puestos en Sonic, pero esquivando el concepto de velocidad en favor de otros gimmicks menos afortunados. Tomaron de él una exhibición gráfica y sonora, pero que exigía una animación más lenta y unos resultados más aparatosos.
No aprendieron nada de la variedad de niveles, que permitía acabar una fase en un minuto o perderse en sus laberínticos caminos, avanzar más despacio por culpa de obstáculos que requerían más atención, rebotar sin preocupaciones en un pinball o sumergirse en una fase submarina donde otro factor temporal, el de nuestra respiración, creaba auténtica angustia. Así, aunque Sonic the hedgehog ha perdido relevancia con el tiempo y el declive del personaje ha menospreciado sus logros pasados, sigue siendo un plataformas ambicioso y efectivo, que puesto en su contexto brilla con una luz más intensa de lo esperado.

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