martes, 30 de abril de 2013

THE INCIDENT (2010)



Actualmente, la mejor manera de afrontar el diseño de un juego es agarrarse a esa feliz idea que va a diferenciar toda la mecánica, que condicionará a explotar los condicionantes e implicaciones de esa idea y de como le daremos forma y lo adaptaremos al mercado. Es tan simple como encontrar ese elemento diferenciador que se convierte en corazón y personalidad del juego, pensemos, por ejemplo, en Portal (2007).

The Incident no tiene una jugabilidad revolucionara: tan solo busca hacer uso del balanceo de dispositivos iOs, moviendo nuestro personaje de un lado a otro, buscando esquivar la enorme variedad de objetos ridículos que caen del cielo, mientras ascendemos en montañas de basura. Nada más. El resto se resume en logros y power ups, porque no necesita otra cosa para ser un juego para móviles, y sus (muy complicados) siete niveles y su modo "survivor" son todo lo que necesitamos.

Porque si The Incident es adictivo es gracias a su tremenda sencillez, su diseño atractivo y su tremenda dificultad. Tendemos a asociar los juegos como este a una dificultad sencilla, que llegue al jugador casual, pero nos encontramos con que The Incident es endiabladamente difícil. Los patrones con los que caen los objetos no son tan inocentes ni azarosos, la pantalla llega a inundarse de power ups negativos y la sensación de estar echando un duro pulso es importante. Y sin embargo, el juego mantiene un elegante desarrollo para que siempre haya un resquicio de esperanza, un hueco en el que colarnos, una oportunidad de ganar, si bien a mi me ha resultado más sencillo de controlar desde un iPhone que desde un iPad.

Solemos olvidarnos de como la dificultad lo es todo en un juego: es la curva entre el interés y el aprendizaje lo que nos motiva a avanzar, la sensación de desafío, de saber que podemos superarlo si lo intentamos con nuestras habilidades alerta. Ese diálogo entre el creador y el jugador es una señal de respeto mutuo, es un pacto tácito donde encuentra la satisfacción de jugar, donde libera toda la energía que tenemos dentro y nos otorga el placer del deber cumplido. 

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