En otras ocasiones, hemos hablado de como hay una necesidad en la comunidad indie de imponer un mensaje por encima del resultado final. Lo que bien suele ser un estorbo o una mala excusa, también revela que una de la deficiencias de los juegos más grandes es la poca importancia que le dan a su significado. Y ante una demanda que no se satisface, es la comunidad indie la que busca que los juegos sean un reflejo de nuestro sentir, de las distintas maneras de entender la vida, de que hay más historias que contar que aquellas que solo buscan refugiarse en el escapismo.
Con esa noble intención, surgen juegos como Distance, que no podría ser más que definido como una novela visual con una limitada capacidad de elección e interactividad. El propósito principal no está en revolucionar mecánicas, ni siquiera en entretener, sino en hacer reflexionar sobre las relaciones a distancia y el uso del lenguaje, sobre como alimentar y hacer crecer una relación de pareja cuando uno no cuenta con el contacto humano.
La inteligencia con la que Austin Breed desarrolla su propuesta, aumentada por el excelente tratamiento visual y musical para ponernos en el estado de ánimo adecuado, choca de frente con el habitual problema de si no necesitamos un papel más activo en los juegos para dar lo mejor de este medio. Otras novelas visuales, más extensas, buscan en la variedad de elección nuestra capacidad para definirnos por nuestros actos. Aquí, el poder de la palabra es importante, pero estas palabras vienen tan definidas de antemano, tan limitadas, que apenas hay espacio para poner un poco de nuestro espíritu en el juego.
Si quizás no se tratase de un juego tan pequeño, de un juego con intención de lanzar, ante todo, su particular sensibilidad, estaríamos hablando de un pequeño milagro. Se tiene en cuenta que nació como un proyecto de 48 horas, pero cabría preguntarse si no merecía el intento de expandirlo hacia algo más. En su lugar, hay una reflexión sobre que otros temas quedan aún por desarrollar en los juegos, que capacidad tenemos para expresarnos, como adultos, al margen del ruido y la furia, y no confundiendo esa madurez con estéticas oscuras y discursos pomposos, sino con pura y dura humanidad.

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